EL VALOR DE LAS COSAS

Hace unos días recuerdo estar tirada en mi cama, filosofando sobre la vida, recordando algunos buenos y malos tiempos. Reflexionando sobre el tiempo, reflexionando sobre la existencia, sobre mis errores y aciertos. Sobre mi juventud, mi inevitable vejez…

En ello, el celular suena y desvela que uno de mis youtubers favoritos había subido un nuevo vídeo. No sería sorpresa decir que abandoné mi dilema existencial para adentrarme en la última reflexión que él había querido compartir con el mundo, ya que cada escena de contenido que comparte, siempre me deja pensando sobre algo.

Entonces, si ya estábamos filosofando, ¿Por qué no tener un poco de ayuda extra?

Era de los típicos vídeos que hacía al prender la cámara, sin guion y con un café en mano. Dijo que era un problema filosófico al que no le encontraba solución y que quería compartirlo por un rato: El valor de las cosas.

Estamos en un mundo donde la gente asesinaría por su celular, donde una tablet o una computadora son el símbolo del orgullo personal. Muchos suelen decir que es la sociedad materialista, consumista, llena de marcas y tendencias, la que nos ha convertido en esta clase de monstruos sociales.

Sin embargo, ¿Es el objeto lo que nos importa o lo que contiene? Nos duele perder una conversación de WhatsApp, pero no porque seamos unos obsesivos adictos a las aplicaciones funcionales: nos da miedo perder el valor simbólico que contienen. Da miedo perder esos buenos chistes entre conversación y conversación, da miedo ya no poder releer charlas virtuales que jamás podrán repetirse por el orgullo y el rencor.

No nos duele perder la computadora, físicamente. Duele perder las historias, duele perder los trabajos donde tiramos meses de nuestro esfuerzo. Duele que aquellos vídeos y fotos ya no existan y desaparezcan por alguna falla o ladrón ocasional.

Mi caso: Tengo un par de anillos, que no puedo dejar de llevar para nada. Los llevo en el dedo corazón, uno es celeste y el otro plateado, uno encima de otro. Si se me perdiese alguno de ellos, moriría. ¿Por qué? Porque han estado en los mejores y peores momentos que he pasado en mi vida, han estado cuando más necesité un abrazo y cuando acepté que no lo tendría.

Él hablaba de todo ello, con total calma y compromiso. Sin embargo, lanzó la pregunta al aire, aquella que no podía responder: ¿Por qué lo hacemos? ¿Por qué no podemos desprendernos de ello? Al final, son objetos, ¿Por qué la necesidad de dotarlos de capacidades humanas y sentimientos que parecen banales?

Él dijo que la respuesta podía ser la propia ausencia de la misma.

Yo, entre pensarlo y pensarlo, evadí una respuesta algo distinta: Lo hacemos porque somos consciente del «fin» de las cosas. Lo hacemos, porque somos conscientes de que todo en algún momento se acaba. Lo hacemos, porque somos conscientes de que no todo es perfecto y no todo es para siempre.

Por eso nos da miedo perderlo y encapsulamos valor en cosas que podemos tocar.

Suelo dedicar historias al amar, suelo crear personajes para expresar lo que no puede cantar. Suelo guardar esas historias para que, en un futuro, pueda recordar aquello como mis pequeños momentos dorados. Tomaba cientos de fotos cuando era niña, quizá inconscientemente, pero lo hacía porque, al llegar a casa, quería poder guardar en mi memoria aquello que ya había terminado.

Quizá esté equivocada, quizá me volví loca de tanto pensar y filosofar sobre lo que siento o debo sentir. Pero, la verdad es que yo considero que encapsulo aquellos sentimientos, porque sé que en algún momento aquello acabará y quiero volver a recordar.

¿Por qué queremos volver a recordar? Por no hay quién no haya comparado su realidad con viejos momentos dorados. Porque tenemos la necesidad de comparar y ver en qué ha cambiado nuestro pequeño universo personal.

¿Por qué radica, entonces, esa necesidad?

Porque, al igual como él concluyó, es aquello lo que nos hace humanos.